Vinicius usó salpicadura
Lunes, 08 de diciembre del 2025 a las 00:00
El Real Madrid se marchó este domingo del Bernabéu engullido por el Celta. El público no pitó con furia, sino con incredulidad: 0-2 ante un Celta que tiró cinco veces a puerta y marcó dos goles, con un Williot Swedberg encendiendo las gradas. El equipo blanco dominó el balón, colgó centros desde todos los rincones y obligó a Radu a firmar un partido impecable. Nada importó. El plan ofensivo se fue diluyendo a la misma velocidad que aparecían las tarjetas y la expulsión de Fran García, primero y Álvaro Carreras, después. El Madrid atacó mucho y dañó muy poco y terminó perdiendo el partido, firmando un solo triunfo en Liga de las últimas cinco jornadas.
En ese ruido estadístico sin recompensa, hubo un silencio mayor: Vinicius Junior. El brasileño partió como titular, tuvo cuatro remates, solo uno a portería, y dejó una versión que no asustó a nadie. Estuvo presente, pero no apareció. Y ese matiz lo explica todo.
El delantero brasileño atraviesa un periodo extraño. Siete jornadas consecutivas sin marcar en Liga, la Champions sin estrenar y una influencia en ataque cada vez más tenue e inofensiva. Antes, su mera aceleración obligaba al rival a retroceder diez metros; ahora, sus conducciones permiten que el rival lo espere, lo acompase, lo envuelva y espere el fallo. Que últimamente siempre llega. Lo que fue una amenaza constante se ha convertido en un intento que rara vez genera peligro y, lo peor de todo, provoca balones al limbo.
No se trata únicamente del gol. Se trata de su función emocional en el equipo. Ancelotti logró que Vinicius fuera la chispa que encendía la noche, el desorden que abría puertas, la jugada que el estadio intuía antes de que sucediera. Hoy, en plena era Alonso, cada acción suya produce una expectativa que muere rápido: el regate que no rompe, el pase que no encuentra, la carrera que acaba en un pequeño gesto sin continuidad y una mueca de impotencia en su cara.
Cierto es que la llegada de Mbappé hace dos veranos cambió de intensidad su foco. El francés acapara las jugadas, coloniza los espacios y asume la responsabilidad de decidir partidos. Vinicius, que hace apenas dos temporadas gobernaba el protagonismo ofensivo sin oposición, ahora vive la incomodidad de sentirse segundo en un escenario que creía propio. El técnico italiano supo mantenerle conectado y fusionó su fútbol con el del nuevo astro. Pero con Xabi Alonso el relato ha virado y su juego lo revela: pierde precisión en el remate, carece de temple en la pausa y se diluye su carácter en la toma de decisiones. Sus compañeros ya le buscan con menos frecuencia y cuando la cabeza se le nubla, también se apaga su fútbol. Todo se vuelve brusco, embarullado, lleno de arranques que mueren antes de nacer.
Antes, incluso en sus días opacos, su fútbol tenía filo y dañaba; hoy, su influencia se desvanece al primer contratiempo. No es una cuestión de técnica, ni de talento, ni siquiera de físico: es una cuestión de mentalidad. El Madrid necesita que vuelva a sentirse imprescindible, porque solo cuando cree serlo aparece su versión más destructiva. Si no recupera ese estado mental, seguirá agitándose sin provocar herida alguna. Un jugador que antes encendía estadios corre ahora el riesgo de convertirse en un generador de ruido sin efectos colaterales.