Griezmann ejecuta al Dépor de libre directo
Martes, 13 de enero del 2026 a las 23:24
En una noche húmeda de Riazor, el Deportivo de La Coruña sostuvo con orgullo un pulso copero ante el Atlético de Madrid, resuelto por un solo destello de genialidad. Los octavos de final de la Copa del Rey dejaron un 0-1 que no explica por sí solo la densidad emocional ni el esfuerzo colectivo que se desplegó sobre el césped coruñés.
El Atlético tomó la iniciativa desde el inicio, con una autoridad serena, casi burocrática, pero se topó pronto con la crudeza del partido. Dos veces la madera negó el gol en el primer acto: primero Ruggeri, luego Antoine Griezmann, ambos castigados por la geometría caprichosa del poste y el larguero. El Deportivo, lejos de encogerse, respondió con valentía, orden y una fe contagiosa digna de un equipo de Primera División. Cada duelo era una pequeña batalla y cada rechace, una oportunidad para creer. Musso sostuvo al Atlético cuando el Depor asomó con peligro, recordando que la Copa no entiende de categorías.
Tras el descanso, el encuentro se volvió espeso, casi áspero. Diego Simeone agitó el banquillo buscando claridad, consciente de que el reloj también juega. Y entonces, en el minuto 61, el fútbol recordó por qué Griezmann pertenece a esa estirpe de jugadores que deciden eliminatorias: falta directa, ejecución perfecta, balón a la escuadra. Un golpe seco, definitivo, casi injusto.
Desde ahí, el Atlético se refugió en su oficio. El Deportivo empujó con alma, con centros, con el rugido de la grada, pero chocó contra una defensa que sabe sufrir sin perder el orden. Riazor apretó hasta el último suspiro, sin premio. El Atlético avanza a cuartos; el Deportivo cae de pie, reforzado en su identidad. En noches así, perder no siempre es rendirse.