A Gazzaniga se le aparece el 'final boss': Marc-André ter Stegen
Jueves, 22 de enero del 2026 a las 15:52
La trayectoria de Paulo Gazzaniga en el Girona se ha construido desde la continuidad, la constante competencia y la autosuperación. Llegó en septiembre de 2022 sin el cartel de estrella, primero como una cesión funcional y después como una solución definitiva, y desde entonces ha ido consolidando su figura con una regularidad poco habitual en un contexto tan delicado como el de la portería. Le ganó el puesto a Juan Carlos en apenas semanas, sostuvo al equipo en el ascenso, fue una de las piezas estructurales de la histórica tercera plaza de 2023-24 y atravesó dos temporadas completas sin una competencia real que cuestionara su rol.
Todo parecía un camino de rosas para Paulo asta que apareció Livakovic. El croata, fichado como competencia de alto nivel, fue traído para elevar las prestaciones bajo palos y poner en apuros a Gazzaniga, pero jamás llegó a disputar un solo minuto oficial, atrapado en una falta de sintonía con el cuerpo técnico y una gestión que terminó por erosionar cualquier posibilidad de alternancia. Gazzaniga, incluso en su tramo más irregular, se mantuvo como titular. Cometió errores graves, encajó críticas, pagó caro el estilo de salida limpia que propone Míchel, pero no perdió lo esencial: la confianza del entrenador. El técnico nunca le retiró el respaldo, ni siquiera cuando los fallos costaron puntos, ni cuando la narrativa externa pedía cambios.
Ahora el contexto es distinto. No llega un competidor cualquiera, sino Marc-André ter Stegen, uno de los grandes nombres de la portería europea de la última década. Pero también llega un Ter Stegen vulnerable, con casi dos años marcados por lesiones, 439 días de baja acumulados y una pérdida progresiva de centralidad en el Barcelona. Busca minutos para que la selección alemana le tenga en cuenta, ritmo, reconstrucción. Llega para preparar un Mundial, no para inaugurar una era y eso un cuerpo técnico también puede verlo como un inconveniente.
Y ahí es donde la historia se vuelve interesante. Porque, sobre el papel, el mundo da por hecho que jugará el alemán. Por jerarquía, por currículo, por estatus. Pero el fútbol no siempre respeta los rangos, ya lo vimos con Livakovic, y menos cuando enfrente está un portero que ha hecho de la resistencia su identidad. Gazzaniga no es mejor que Ter Stegen en abstracto, pero sí conoce el sistema, el vestuario, el ritmo emocional del equipo. Ha sobrevivido a todos los desafíos anteriores y sigue en pie cuando llegan los más grandes. Y lo más importante, tiene la confianza plena de Míchel.
Además, el contexto le acompaña. En una temporada marcada por la irregularidad colectiva y los errores individuales, tras haber dejado atrás el episodio Livakovic, Gazzaniga encadena ahora dos porterías a cero y el Girona muestra una línea ascendente, más estable, más reconocible. Dicen que lo que funciona no se toca, y Míchel suele llevar esa máxima hasta sus últimas consecuencias. Ter Stegen quizá pueda esperar una jornada, dos, pero la presión será inevitable en pocos días: para Gazzaniga, sabiendo quién aguarda en la sombra; para Ter Stegen, viendo cómo el Mundial se acerca mientras los minutos siguen siendo un bien escaso. No es solo una pugna por la titularidad, es una carrera contra el tiempo para el alemán y una defensa a ultranza de su jerarquía para el argentino.
En Girona está a punto de librarse una de las batallas más simbólicas de su historia reciente. Y en ese escenario, el argentino no parte tan atrás como muchos creen. Y es que en el fútbol hay duelos que no se deciden por reputación, sino por pertenencia, por la forma en que un futbolista ha sabido integrarse en el pulso interno de un proyecto. Y en Girona, a día de hoy, la portería sigue teniendo acento argentino. Gazzaniga se enfrenta al jefe final, probablemente al mayor desafío de toda su carrera, no desde la inferioridad, sino desde una posición construida con años de confianza, continuidad y resistencia.