El Betis tira a octavos haciendo la cabra

Por Tomy Gavaldá, CEO y redactor
Jueves, 29 de enero del 2026 a las 23:31

Estísticas y puntos fantasy

El Real Betis esculpió en el cemento de La Cartuja una de esas noches que prescinden de la hipérbole para abrazar el respeto puro. El 2-1 frente al Feyenoord no fue solo un resultado; fue el salvoconducto directo hacia los octavos de la Europa League, eludiendo ese peaje incierto y sombrío llamado playoff. La obra bética se dividió en dos actos: una sinfonía de rigor competitivo en el inicio y un ejercicio de resistencia estoica tras el intermedio, sostenido por el genio de Antony, el descaro eléctrico de Abde y la presencia providencial de Pau López.

El duelo amaneció con un escalofrío. Apenas corría el minuto 10 cuando Gonçalo Borges filtró un balón con veneno para Cyle Larin; sin embargo, al ariete le faltó esa precisión que exige la aristocracia europea. Aquel error fue el catalizador del destino.

Seis minutos después, el fútbol se volvió poesía en las botas de Antony. Cazó un rechace en la frontera del área, se perfiló con la parsimonia de los elegidos y dibujó con su zurda un trazo seco que buscó la escuadra como un imán. El estadio, que hasta entonces contenía el aliento, estalló al comprender que el Betis había hallado la frecuencia exacta del partido mediante una genialidad de su Cabra mayor. La hegemonía se selló en el 31: Antony, de nuevo él, trazó una diagonal envenenada desde el flanco diestro para que Abde, entrando como un relámpago al segundo palo, martilleara el balón a la red con la autoridad de quien se sabe dueño de la noche.

Tras la tregua del descanso, el Feyenoord abandonó la cautela y volcó su orgullo sobre el césped. Sobre la hora de juego, el fantasma de Larin volvió a emerger frente a Pau López, pero el guardameta, en un acto de redención táctica, desbarató el peligro con una intervención que mantuvo en pie los cimientos del equipo.

El suspense se desató en el 76, cuando Tengstedt castigó una salida indecisa de Pau con una media vuelta tan certera como cruel. A partir de ahí, el partido dejó de ser un ejercicio de control para convertirse en un terreno abrupto, donde el Betis tuvo que agarrarse a cada balón como quien escala para no caer. El tramo final no fue fútbol, fue resistencia: centros, rechaces, cuerpos interpuestos y respiraciones contenidas hasta que el silbato decretó el alivio. El Betis ya camina entre los dieciséis mejores, sin rodeos ni estaciones intermedias, fiel a su instinto: trepar donde otros se resbalan, como una cabra en su propia montaña europea.

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