El Coliseum asiste a un documental sobre amebas en ASMR

Por Tomy Gavaldá, CEO y redactor
Domingo, 01 de febrero del 2026 a las 20:43

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En el Coliseum, bajo una lluvia pertinaz que parecía amortiguar hasta el desánimo de la grada, Getafe y Celta sellaron un 0-0 que no reclamaba atención, sino capitulación. Fue un duelo de audición más que de vista: el impacto seco del cuero, el chirrido de los tacos y ese silencio plomizo que solo exhalan los partidos que no prometen nada y cumplen su amenaza. El fútbol, transmutado en liturgia narcótica. Un ASMR accidental donde cada pase horizontal era una susurro a la oreja y cada falta táctica, un parpadeo pesado.

El Getafe acaparó el balón en el primer acto con una posesión cercana al 60%, aunque no para herir, sino para adormecer. Arambarri, Milla y Mario Martín se intercambiaron el esférico con la parsimonia de quien ordena legajos en una oficina de provincias. En el minuto 42 asomó el único espasmo del primer tiempo: un envío lateral que Milla mandó fuera por un suspiro. Poco antes, Satriano había visto la amarilla por abortar una transición que ya nacía sin sangre. Todo transcurría con la inercia gris de un domingo de resaca.

Llegados a ese punto, el choque entró en una suerte de estasis biológica. Como las amebas, que se reproducen por fisión binaria, sin cortejo ni mística, meramente desdoblándose en réplicas idénticas, el juego empezó a clonarse a sí mismo: misma imprecisión, mismo agarrón, mismo centro inocuo. Una secuencia circular, desprovista de error y, por tanto, de sorpresa.

El Celta amagó con rebelarse en el 59. Un servicio al segundo palo encontró a Swedberg, que la puso de cabeza para la llegada de Ilaix Moriba. Solo ante Soria, el volante vio cómo el meta desviaba con las yemas el único sobresalto genuino de la tarde. El resto fue un intercambio de fogueo: Luis Vázquez cabeceó a las nubes y Satriano replicó con un disparo desviado tras un forcejeo estéril. Todo fue ruido de sables sin una sola gota de sangre.

Ni la irrupción postrera de Aspas ni el carrusel de cambios de Bordalás alteraron la atonía. El 0-0 se clausuró como nació: sin estrépito. Un empate que no se narra, se padece. Y se olvida.

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