La maldición de Nianzou

Por Tomy Gavaldá, CEO y redactor
Miércoles, 08 de abril del 2026 a las 15:53

Cuando el Sevilla fichó a Tanguy Nianzou en agosto de 2022, la operación se presentó con perfume de hallazgo selecto que tanto acostumbraba a vender a Monchi: juventud, pedigrí europeo, margen de crecimiento y un futuro que, contado en voz alta, sonaba a plusvalía. Llegó del Bayern por 16 millones fijos más 4 en variables, con contrato hasta 2027 y un salario que hoy ronda los 4,17 millones brutos por temporada. Es decir, una inversión de alto copete para un central de (entonces) 19 años al que el club quiso colocar en la estantería donde antes había exhibido a Koundé y Diego Carlos, éxitos rotundos de la entonces dirección deportiva. Monchi, sumo pontífice de la fe sevillista, admitió incluso que era su primera opción y que había peleado para rebajar un precio que partía de los 30 millones. Un fichaje, en fin, con “sello Monchi”, aunque el director deportivo acabó exiliándose en Inglaterra justo antes de que se desatara la maldición.

DEF

Nianzou reunía casi todo lo que seduce en un despacho: 1,91 de estatura, formación en el PSG, paso por el Bayern, buen pie, potencia física, zancada larga y aspecto de central moderno, apto para corregir metros hacia atrás y sacar la pelota con cierta limpieza. Sobre el papel parecía una pieza de presente prematuro y futuro cotizable. En el césped, sin embargo, fue apareciendo otra versión: un futbolista de condiciones evidentes, sí, pero con lagunas de colocación, desconexiones incómodas y una alarmante incapacidad para encadenar continuidad. Su perfil personal, discreto y profesional, nunca ofreció motivos de reproche. Su cuerpo, en cambio, empezó pronto a comportarse de forma extraña.

La temporada 2022-23 ya dejó pistas de que aquello no iba a ser una historia de consolidación, sino una novela de sobresaltos. Nianzou alternó titularidades con una cadencia caprichosa, como si su presencia en el once dependiera de un dado. Jugó, salió, desapareció, volvió a entrar y fue dejando una impresión confusa: por momentos parecía un central con materia prima de élite; al siguiente, un proyecto aún sin cocer, expuesto en la marca, dubitativo en los giros y demasiado dado al accidente. Aquel primer curso cerró con dos lesiones, una expulsión y una colección de partidos en la que nunca quedó claro si el Sevilla estaba formando a un central de futuro o pagando muy caro una promesa en periodo de pruebas. El problema es que aquello, visto con perspectiva, no fue una fase de adaptación, sino el episodio piloto de una serie bastante macabra.

En la 2023-24 el argumento se volvió decididamente cruel. Lo que había empezado como intermitencia adquirió ya rango de condena: cuatro lesiones graves, apenas tres titularidades en Liga y una temporada reducida a la categoría de documento clínico. Nianzou empezó a parecer menos un futbolista disponible que un expediente que se abría y se cerraba en la enfermería. La 2024-25, lejos de corregir el rumbo, elevó el disparate a una forma de estilo: autogol en la jornada 1, expulsión en la 9 y lesión antes de la 12 para clausurar el curso en pleno octubre. No se trataba solo de no rendir, sino de hacerlo además con una escenografía cruel, casi caricaturesca, como si cada intento de regresar al campo llevara incorporada una pequeña trampa del destino. El Sevilla, mientras tanto, seguía pagando la factura de una apuesta concebida para crecer en valor y convertida en una pieza de museo de los errores recientes del club.

La 2025-26, por no traicionar la tradición, ha ofrecido una versión aún más minuciosa del infortunio: cuatro lesiones más, un penalti cometido, una roja y la proeza de no haber enlazado todavía tres titularidades consecutivas. Nianzou ya no parece un central, sino una hipoteca con botas, un lujo devaluado que condensa en su caso casi todos los males del Sevilla actual: planificación pretenciosa, rendimiento ínfimo, masa salarial disparada y una sensación de decadencia administrada con solemnidad. Aparece, inquieta, deja alguna señal de alarma, se rompe y vuelve a evaporarse, como si su carrera en Nervión la escribiera el mismo Ángel Haro, o un guionista de humor siempre dispuesto a tentar al entrenador de turno, siendo Luis García el último en caer en la trampa.