
En un escenario tan despiadado como un estadio de Primera, Paulo Gazzaniga lleva meses representando una obra que oscila entre lo renacentista y lo grotesco. Nadie puede dudar de su entrega ni de su personalidad, ni de sus buenas actuaciones recientes, pero el fútbol, injusto como el mejor drama, solo acepta el momento actual y los resultados. Lo ocurrido hoy en Elche, lejos de ser una excepción azarosa, se suma a una filmografía turbulenta que alimenta una sensación inquietante: la de un portero capaz de ser héroe en un acto y, en el siguiente, villano absoluto. En esta Liga donde el error se paga a precio de drama, Gazzaniga camina sobre el alambre de la temeridad.
La temporada empezó de forma circense para el argentino debido a sus errores de bulto. Su titularidad empezó a tambalearse, pero lo supo reconducir hasta que el paso del tiempo hizo olvidar sus peores virtudes. No obstante, en el Martínez Valero, la función adquirió nuevamente tintes de cine expresionista: sombras que delatan inseguridad, gestos que llegan tarde y decisiones que conducen al abismo competitivo. El primer gol parecía dentro de su alcance, el segundo recordó errores que ya forman parte de su currículum y el tercero se convirtió en un regalo en bandeja. No fue una simple mala tarde, sino la evidencia de que, cuando la oscuridad se cierne sobre Gazzaniga, el rival parece jugar con dos más.
Lo que agranda la paradoja es la burlesca y permanente situación en la que vive el Girona bajo palos. En el banquillo se encuentra Dominik Livakovic, un guardameta de nivel internacional, fichado como solución y convertido en incógnita. No ha disputado un solo minuto oficial; ni siquiera en la Copa del Rey. Su talento continúa sin medición y su fichaje sin respuesta. La competencia, motor habitual del fútbol moderno, parece haberse congelado en el puesto más decisivo del campo. Míchel, fiel defensor de la estabilidad y de la confianza incondicional en sus piezas, mantiene inexplicablemente y de forma inalterable el orden bajo palos, como si el guion estuviera escrito de antemano y no admitiera discusiones.
En este contexto, la presión ya no recae únicamente sobre el portero que tiembla entre los postes, sino también sobre el entrenador que dirige, escribe y firma este drama sin finales alternativos. El vestuario, la grada y el propio fútbol saben que el guardián no puede convertirse en aliado del peligro y, aunque en Girona nadie enciende antorchas ni reclama sacrificios públicos, la permanencia es un tesoro carísimo y el sentimentalismo suele ser el primer paso hacia la Segunda División. Pero Míchel, fiel a sus convicciones, parece dispuesto a sostener la película hasta que se apaguen las luces, incluso si el guion la convierte en una tragicomedia.

Tomy Gavaldá
CEO y redactorCEO y administrador de FutbolFantasy.com desde 2011. Programador informático y desarrollador de aplicaciones multiplataforma. Redactor jefe, community manager y streamer.

