
Hay declaraciones que no necesitan flores, ni metáforas: basta con la sinceridad de un técnico que, tras la tormenta, reconoce quién sostiene el timón cuando todo amenaza con naufragar. Julián Calero habló de Kervin Arriaga con la ternura con la que un capitán nombra a su timonel. “Era el que equilibraba y por eso no lo quité”, confesó tras el 0-3 ante el Rayo Vallecano, una frase que encierra devoción, fe y respeto por ese futbolista que, sin hacer ruido, se ha puesto el brazalete de capitán, coronel y sargento en solo dos meses de competición.
El hondureño atraviesa un tramo de temporada en el que su entrega bordea lo heroico. Venía de disputar dos partidos completos con su selección en la fecha FIFA, con más de 180 minutos de vuelo y orgullo y, sin apenas descanso, volvió a firmar otro ejercicio de resistencia con el Levante. Suma ya seis apariciones ligueras, tres de ellas como titular, y más de 290 minutos en los que su figura se eleva como eje del equilibrio táctico.
Kervin no sólo corre: su presencia dicta el compás invisible que une las líneas, la cadencia que modula cada repliegue y cada salida. Es músculo y mente, fuerza y pausa, el hilo invisible que evita que el equipo se deshilache. Calero, en su verbo apasionado, lo reconoció con un elogio que traspasa lo táctico: “Hace un esfuerzo tremendo, está en progresión y va a ser un jugador muy importante”. Así, en la prosa agitada del fútbol, el entrenador firmó su particular soneto: una oda a la lealtad y al corazón de Kervin Arriaga cuando las olas golpean al equipo con dureza y crueldad.

Tomy Gavaldá
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