
El fútbol, en su inveterada costumbre de venderse como una disciplina de contacto viril, experimentó este sábado en el Metropolitano una expulsión tan histórica como recordada. Corría el minuto 55, con el Atlético gestionando su mínima ventaja, cuando el zaguero Abdelkabir Abqar decidió que el marcaje al hombre era un concepto demasiado abstracto y que lo que la situación demandaba era una exploración de mayor profundidad.
El defensor marroquí, poseído por el espíritu de Míchel (el que siempre suena) y en un alarde de festival erótico, aplicó una caricia al íntimo martillo viril de Alexander Sørloth. Fue un gesto de un barroquismo táctico abrumador, en busca de una dosis de testosterona que los de Bordalás requieren para terminar los noventa minutos enteros y sin reblar.
El colegiado Ortiz Arias, tras ser convocado por el VAR al monitor con la gravedad de quien asiste a la exhumación de una joya de la corona, no pudo sino rendirse ante la evidencia de aquel atentado a la heráldica noruega. Dictó sentencia con la frialdad de un inquisidor: cartulina roja para Abqar por su tocamiento inoportuno.

Tomy Gavaldá
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