
Luis Carrión sorprendió este sábado en Montilivi al mover una pieza clave en su tablero. Federico Viñas, acostumbrado a actuar como referencia ofensiva, fue ubicado en el costado derecho del ataque, un rol inusual que asumió con naturalidad y eficacia. El uruguayo se adaptó al nuevo escenario con inteligencia táctica, ofreciendo apoyos interiores constantes a Colombatto y Nacho Vidal, liberando la banda para las incorporaciones del lateral y aportando equilibrio en la presión tras pérdida. Lejos de ser un simple parche, Viñas se convirtió en uno de los engranajes más funcionales del plan oviedista, aportando trabajo defensivo, asociaciones limpias y un gol que reflejó su confianza y carácter competitivo.
Su actuación, coronada con el tanto que abrió el marcador desde el punto de penalti, deja más que un simple registro en la estadística. Viñas fue el alma obrera del frente ofensivo, un jugador que interpretó los ritmos del partido y que, con su despliegue, obligó a los centrales del Girona a defender en zonas incómodas y dejando a Salomón Rondón algo más liberado. Mientras tanto, Haissem Hassan observó desde el banquillo cómo incluso Josip Brekalo le adelantaba en la rotación, un mensaje implícito de Carrión sobre meritocracia y rendimiento inmediato. El técnico priorizó la disciplina y la capacidad de sacrificio por encima de los nombres, y Viñas respondió a esa confianza con una actuación que no solo justificó su titularidad, sino que reabre el debate sobre las jerarquías en el extremo derecho del Real Oviedo. En Montilivi, el uruguayo no solo marcó un gol: también dejó una huella táctica y emocional que resonará en el vestuario carbayón.

Tomy Gavaldá
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