
La noche del sábado en Mestalla fue un espejo del distanciamiento entre el Valencia y su propio corazón. Javi Guerra, símbolo de la nueva generación y esperanza de la afición hace apenas un año, vivió uno de sus partidos más turbios con la camiseta blanquinegra. Titular en el derbi frente al Villarreal, el centrocampista apenas logró imponerse en la medular y se diluyó conforme el equipo se desmoronaba. Su sustitución pasada la hora de juego fue recibida con una mezcla de silbidos y resignación, reflejo de una grada que ya no perdona la falta de carácter ni de resultados.
Las estadísticas explican parte del desencanto y podríamos elaborar un detallado informe que refleja el bajo rendimiento del canterano, acorde con el contexto global del equipo. Pero más allá de los números, preocupa su lenguaje corporal. Su posible suplencia ante el Real Madrid en la jornada 11 parece, a día de hoy, una consecuencia lógica de la situación.
El caso de José Gayà, capitán y emblema, tampoco ayuda a calmar las aguas. El lateral izquierdo, que ha perdido parte de su ascendencia dentro y fuera del campo, también ha sido objeto de críticas. Ambos encarnan la ruptura entre Mestalla y un equipo que se ha ido alejando emocionalmente de su afición. El desafío de Corberán no es solo táctico, sino espiritual: reconstruir la conexión entre un vestuario apagado y un estadio que exige alma antes que resultados.

Tomy Gavaldá
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