
El relato de Marc Pubill en el Atlético de Madrid parecía destinado a la discreción, al silencio resignado de quien entrena lejos del foco y aún más lejos de su posición natural. Empezó la temporada ninguneado, borrado del mapa competitivo, sin un metro de césped propio ni en el lateral, donde Llorente y Molina acaparaban jerarquías, ni en el eje central, territorio blindado por Giménez, Le Normand, Lenglet o Hancko. La anécdota que terminó por simbolizar su olvido se produjo en una rueda de prensa a comienzos de temporada: Simeone, tan preciso siempre en los nombres, lo llamó Pulic. Un sospechoso desliz que retrataba su lugar en la escala interna del vestuario: casi invisible, casi inexistente. Pero el fútbol, como las mareas, rara vez permanece quieto. Y Simeone sabía cosas.
Y fue precisamente el técnico quien inició su metamorfosis. Lo fue puliendo en silencio, tal vez de ahí el mote ingenioso de Pulic, ajustando su marca, ensanchando su lectura defensiva y retocando la salida de balón. Y Pubill respondió. Primero contra el Inter, en el Metropolitano, donde en solo 31 minutos fue energía, determinación y un muro intacto: 7/7 duelos ganados, 88% de acierto en pase, un casi-gol que obligó a Sommer a volar y un impacto inmediato que cambió el partido. Después ante el Real Oviedo, donde ya desde el once titular, reconvertido en tercer central, firmó 90 minutos de solidez, anuló a Rondón y dejó una noche de calma y autoridad impropias de un futbolista que llevaba meses a la sombra. Por eso las críticas, unánimes esta vez, resonaron como un reconocimiento: “salto de calidad”, “noche mágica”, “líder fuera de posición”, “ejemplo de banquillo”.
Pubill ya no es Pulic. Pubill es Marc Pubill, jugador del Atlético de Madrid, y su nombre empieza a escribirse no como una esperanza, sino como una convicción. Está listo para entrar en las rotaciones, para sostener victorias, para ser ese tercer central que Simeone imaginó cuando aún pocos lo veían. En un equipo que exige espíritu competitivo para sobrevivir, Pubill ha demostrado que el suyo no se quiebra: simplemente aguardaba la oportunidad para cuando estuviera preparado.

Tomy Gavaldá
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