
El Villarreal salió del letargo ante el Deportivo Alavés cuando apareció Gerard Moreno. Fue una inyección de esas que cambian partidos y contagió a todo el equipo de su liderazgo. Entró al descanso, con el marcador congelado y el equipo espeso, y bastaron diez minutos para recordarle al Estadio de la Cerámica y a Marcelino quién sigue marcando el pulso del ataque groguet.
Su gol, el segundo del 3-1 definitivo, fue la síntesis de su fútbol: lectura del espacio, pausa mínima y precisión con la zurda desde la frontal tras un rechace de Sivera. Más allá del tanto, Gerard activó una secuencia de ventajas que el Villarreal no había encontrado en la primera mitad: asistencias medidas, rupturas inteligentes y una amenaza constante que desordenó al bloque babazorro. La estadística acompañó, pero el impacto fue, sobre todo, emocional y de juego.
Ayoze Pérez llegó justo y se fue apagado al descanso. De hecho, se dudaba de su titularidad. Y Gerard entró con el partido por escribir y lo firmó. No hubo críticas, solo consenso: fue el revulsivo que desmontó el atasco y consolidó al equipo en la zona noble de LaLiga. Marcelino recuperó algo más que un goleador; recuperó su brújula.
Con la visita al Benito Villamarín en el horizonte, el debate se instala en el once. El Villarreal necesita colmillo y liderazgo en un escenario exigente ante el Real Betis, rival directo. Gerard Moreno llega con el aval de sus 45 minutos decisivos y la certeza de que, cuando el partido pide oficio, su nombre pesa. Presenta candidatura para el Villamarín.

Tomy Gavaldá
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