
Claudio Giráldez ha hecho de la alteración permanente una costumbre reconocible en el Celta. Desde su llegada al primer equipo, en marzo de 2024, el entrenador ha llevado las rotaciones a un grado poco habitual en LaLiga, hasta el punto de no repetir alineación en más de noventa encuentros oficiales. Lejos de responder a un capricho, esa dinámica ha ido dibujando un equipo vivo, con muchos futbolistas implicados y una plasticidad táctica que le permite atravesar el calendario sin que el rendimiento se resienta. En ese paisaje, la aparición de Álvaro Núñez añade una posibilidad más a un mecanismo ya de por sí versátil. Tras unas semanas de recuperación y adaptación al grupo, el ex del Elche ya ha entrado de lleno en la rueda rotacional.
El bilbaíno, incorporado en el mercado invernal tras adelantarse el club a una operación que inicialmente apuntaba al verano, aterrizó en Vigo con el lastre de una pubalgia que demoró su estreno. Esa espera no le impidió dejar una impresión nítida desde el primer día en que Giráldez le abrió la puerta. Ante el Betis, en su debut oficial, actuó como central derecho en la línea de tres y ofreció una actuación de notable poso competitivo: aseado en la salida de balón, sereno en la toma de decisiones y con una naturalidad impropia de quien apenas había tenido contacto con el ritmo de partido, dando descanso a Javi Rodríguez. Una semana después, frente al Alavés, cambió de registro y apareció como carrilero izquierdo, confirmando su polivalencia y pudiendo así dosificar a Carreira y Javi Rueda que iniciaron contra el Olympique de Lyon tres días antes.
Ese doble estreno, en dos alturas distintas del sistema, ayuda a entender por qué Giráldez ha encontrado en él un recurso de notable valor. Núñez no solo se integra en la lógica de las rotaciones, sino que la ensancha con naturalidad. Su capacidad para ocupar distintos registros le permite al técnico introducir ajustes sin que el equipo se descomponga, una cualidad especialmente apreciable en tramos de alta exigencia, cuando conviene oxigenar la alineación sin sacrificar identidad. Central, carrilero a pierna natural o cambiada, incluso interior, el bilbaíno empieza a dibujarse como una de las piezas más dúctiles del nuevo Celta.

Tomy Gavaldá
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